Componentes norteamericanos y españoles de la firma del Tratado de París (1898)

Si eres nacido en la hermosa Isla de Puerto Rico, o descendiente de un portorriqueño puedes sentirte realmente orgulloso de tus orígenes. A pesar de lo mal que la Historia se ha comportado con Puerto Rico, especialmente España, la cual después de su derrota en la guerra hispano–americana de 1889, dispuso de la isla y de sus habitantes en una forma totalmente inaceptable.

Desde la promulgación de la Constitución española de 1812, todos los nacidos dentro de los territorios españoles de los tres continentes, América, España y Filipinas, gozaban de los mismos derechos de los llamados peninsulares, por lo cual ostentaba el derecho de voto y representación en la Cortes Españolas con igualdad de derechos con los llamados peninsulares.

Todo cambio en 1899 donde, a pesar de nunca haber declarado al guerra a España o haberse declarado abiertamente en su contra como sucedió en Cuba y Filipinas, portorriqueños se vieren automáticamente despojados de su nacionalidad española con el consentimiento, beneplácito y aprobación del gobierno de España de la época.

Por lo tanto, desde 1898 hasta 1917 con la firma de la Ley Jones-Shafroth firmada por el presidente Wilson se concede la nacionalidad americana a todos los nacidos en la isla de Puerto Rico.

Sin embargo, ¿qué había pasado con los puertorriqueños que desde 1898 habían perdido la nacionalidad española y hasta 1917 no adquirieron la norteamericana?

Miembros del último Gobierno Autonómico de Puerto Rico, hasta 1898.

Simplemente, de un plumazo y con la firma del Tratado de Paris de 1898, pasaron a ser apátridas, o sea personas sin patria ni nacionalidad.

Puerto Rico siempre fue fiel a España y desde su incorporación como colonia desde 1898 hasta 1952 y posteriormente y hasta la actualidad, como Estado Libre Asociado, lo ha sido a los Estados Unidos.

Los puertorriqueños han recibido cinco Medallas del Congreso y participado valientemente en todas las guerras que desde 1917 se ha visto envuelta la nación norteamericana.

Aun a pesar de ellos y de las numerosas consultas efectuada donde el pueblo puertorriqueño mayoritariamente se decantó por ser el Estado 51 de Estados Unidos, el Congreso de la nación, no importa que estuviere presidido por demócratas o republicanos, nunca se ha manifestado abiertamente y mucho menos, iniciado el largo y tedioso proyecto de hacer de Puerto Rico uno más de los estados del país.

Está siendo hora de que el Congreso que justamente ha estado siempre a favor de la democracia y libertad de expresión de cauce a los deseos del pueblo puertorriqueño para unir sus destino al de los Estados Unidos convirtiéndose en su propio derecho en el 51 Estado de la gran nación norteamericana.

Puerto Rico es más grande que veinte estados. Es un líder en manufactura de farmacéuticos y tiene una población altamente educada. Es hora de que el resto del país sepa que Puerto Rico es mucho más que playas y palmeras, y que sería un estado digno de una nueva estrella en nuestra bandera.

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