Por Rafael Ponce de León

Crédito de imagen: Efe

 

La elección de Donald J. Trump como presidente de los Estados Unidos se produjo en un momento en que el mundo enfrenta una crisis existencial. Esta crisis no es un fenómeno nuevo, pero la elección de Trump ha servido para dar a conocerla.

Sin duda, hemos entrado en una nueva era, caracterizada por una creciente incertidumbre, temores, divisiones y otras influencias polarizadoras que alimentan las llamas del descontento y la falta de confianza pública en nuestros líderes e instituciones sociales y gubernamentales. Para muchos, el futuro de la democracia, la libertad y la justicia se encuentra precariamente en la balanza.

Desde las elecciones de noviembre de 2016, ha habido una obsesión con Donald Trump y todo lo que él representa. Algunas personas hasta el día de hoy todavía están en estado de shock porque Trump ganó. Si bien muchas de las encuestas nacionales mostraron que la carrera estaba empatada o demasiado cerca, algunas fuentes de los medios de comunicación eligieron informar solo sobre las encuestas que mostraban a Hillary Clinton como la clara líder.

No es de extrañar que algunas personas se sorprendieran la noche de las elecciones. Así como tampoco es de extrañar que algunas personas no se molestaron en ir a votar ese día.

La fijación en la victoria asegurada de Clinton, junto con la imposibilidad de imaginar una victoria de Trump, resultó en una complacencia que funcionó en su contra.

A algunas personas les resulta difícil interactuar significativamente con aquellos que tienen puntos de vista diferentes. Y ese es el caso de muchos integrantes de la cúpula política del Partido Demócrata.

En estos tres años y monedas hemos visto como han saboteado y atacado por todos los lados posibles al presidente, logrando un resultado no tan alentador. Si bien Trump no es perfecto y ha cometido errores, ninguno de esos errores hasta el momento ha sido tan importante como para captar la atención pública de manera masiva, ni siquiera el show que se viene dando estos días con el proceso de “impeachment”.

Veamos qué tan negativa fue la cobertura de prensa de los primeros 100 días del gobierno del presidente Trump. Para comenzar obtuvo mucho más cobertura que Barack Obama, George W. Bush o Bill Clinton, según un nuevo informe del Centro Shorenstein de la Universidad de Harvard.

Varios académicos de Harvard analizaron el New York Times, el Wall Street Journal, el Washington Post y los principales noticieros de CBS, CNN, Fox y NBC durante el tiempo inicial de Trump en el cargo. Descubrieron, para sorpresa de nadie, que Trump dominó absolutamente la cobertura de noticias en los primeros 100 días. Y luego descubrieron que la cobertura de noticias era totalmente negativa: 80 por ciento negativa entre los medios estudiados, frente a 20 por ciento positiva.

Dejando de lado las acusaciones de parcialidad, es simplemente un hecho que sucedieron varias cosas negativas en los primeros 100 días de Trump en el poder. La investigación de Rusia, por ejemplo, fue fuente de críticas interminables por parte de los demócratas y otros oponentes de Trump.

La orden ejecutiva de prohibición de viajar provocó intensas discusiones y pérdidas para la administración en los tribunales. La debacle de la salud creó una cobertura más negativa porque fue un error importante y un revés tanto para Trump como para los Republicanos de la Cámara.

Dicho esto, la cobertura de algunas organizaciones de noticias fue tan negativa, según el estudio de Harvard, que parece difícil argumentar que la cobertura estuvo cerca de una presentación neutral de los hechos. Al evaluar el tono de la cobertura de noticias, los investigadores de Harvard descubrieron que la cobertura de Trump de CNN era 93 por ciento negativa y siete por ciento positiva, algo parecido a lo que ocurrió para CBS, NBC, ABC y MSNBC.

Todo lo que los demócratas tenían que hacer era no ir tras el presidente como unos locos, y ni siquiera pudieron hacer eso bien. Comenzaron exigiendo que Donald Trump no fuera “normalizado” como presidente, y luego procedieron a actuar de la manera más anormal posible. Extrañamente, esta estrategia parece ser contraproducente y está más que visto que favorece al presidente ampliamente.

La historia indica que quienes han perdido elecciones en Estados Unidos usualmente han aceptado la derrota, demostrando así su lealtad al sistema estadounidense, y se han esforzado en mostrar a los votantes que eran dignos de ser elegidos la próxima vez. Eso implica trabajar con la otra parte en lo que se pueda, para demostrar que se prioriza el bien del país, además de actuar de manera sensata y responsable el resto del tiempo. Eso definitivamente no ha sido el enfoque que los demócratas han elegido.

Lo que han hecho en su lugar es menospreciar y atacar a Trump en cuanta ocasión han podido, demostrando una impaciencia tremenda al punto de parecer que sólo se manejan por sus impulsos y no piensan tranquila y pausadamente en lo que hacen.

Falta poco menos de un año para las elecciones y hasta el día de hoy parece como si los Demócratas estuvieran jugando otro partido, el partido de perder a propósito, el partido en el que no muestran ideas claras para ayudar a mejorar las políticas del país, solamente se han ensañado con el presidente Trump y de seguir así veremos sin dudas otro triunfo resonante del actual presidente.

 

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