China espera ansiosa el final de la presidencia de Trump

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China suena mareada y atormentada esperando el final de la presidencia de Donald Trump. Antes de que toda esta locura del COVID-19 comenzara el gigantesco país se encontraba encerrado en una probable guerra comercial con los EE.UU.

El mundo empresarial estadounidense finalmente comenzaba a quejarse de que sus ganancias, que alguna vez fueron fáciles en empresas conjuntas, ahora estaban siendo devoradas por una China cada vez más voraz.

Los demócratas y su constante acidez al tener que lidiar con Trump, después de 2017 se hicieron más ruidosos sobre los gulags chinos, la tibetización de Hong Kong y el violento estado policial interno de Beijing. Demasiados espías chinos estaban apareciendo por todas partes, incluso en Estados Unidos donde hasta el chofer de la senadora Dianne Feinstein, al parecer era un espía chino.

Con Trump como enemigo y semi desaparecido por estos días, China está ansiosa por regresar al status quo global anterior y sus exenciones por robo sistemático de patentes y derechos de autor, dumping, manipulación de divisas, enormes superávits comerciales y apropiación de tecnología coaccionada.

Actualmente, China está sufriendo sus peores índices de popularidad mundial en su historia moderna. La mayoría de los países de Europa, Estados Unidos, América del Sur y sus vecinos asiáticos inmediatos sondean entre un 70 y un 90 por ciento de desaprobación de China. Tal negatividad no es sorprendente cuando más de 80 millones de personas en todo el mundo se han enfermado con COVID-19, virus que tuvo origen dentro de sus fronteras, además de los 2 millones de muertos que hasta ahora se ha cobrado el llamado “virus chino”.

El descontento mundial es tal que muchos países occidentales han prometido no volver a subcontratar sus industrias farmacéuticas y de equipos médicos de ese país.

El problema principal para una Europa que despierta y un Estados Unidos observante debido al cambio de gobierno, es si reiniciar los negocios de la forma que lo hacían previo a la llegada de Trump al poder. Durante décadas Estados Unidos capacitó a decenas de miles de ingenieros y científicos chinos, mientras daba luz verde a sus propios estudiantes para acumular millones en préstamos estudiantiles para dominar las artes de la victimización ecológica, racial, de clase y de género.

Todos estos años en los que brillantes ingenieros estadounidenses diseñaban automóviles que funcionan con baterías y sofisticados paneles solares; especialistas en estudios ambientales de élite se peleaban por la mejor manera de llevar a la bancarrota al consumidor estadounidense y aumentar los costos de energía prohibitivos para las empresas. Todo esto fue favorable para los chinos, ya que ellos solo obtuvieron ganancias tácticas al sustraer información e inteligencia de los norteamericanos sin tener que poner mucho de su parte.

China tácticamente libró una guerra contra los EE.UU. todo el tiempo, desde el espionaje en los campus universitarios hasta los ciberataques y el robo de tecnología. Pero hay algo más importante y es que China cuenta con una sofisticada estrategia para subordinar a Estados Unidos, y así rehacer todo el orden internacional para mejorar sus propias agendas.

Recordemos que China envía más de 400 mil estudiantes cada año a estudiar en universidades estadounidenses. Estos estudiantes no están en Estados Unidos para centrarse en estudios de género, realizar estudios de paz o convertirse en estudiantes de psicología y sociología. Varios de ellos están siendo utilizados en operativos de espionaje serios.

Durante las últimas dos décadas, a través de estudiantes, intercambios de profesores visitantes, turismo, el creciente número de diplomáticos y operativos formales de espionaje, China ha replicado sistemáticamente los sistemas de las principales instituciones estadounidenses. Copiaron programas de investigación de posgrado estadounidenses al por mayor, laboratorios médicos y científicos, fundaciones y entidades gubernamentales formales, desde el Pentágono hasta las academias militares.

China es un parásito de las instituciones occidentales y eso es un hecho. Nada deleita más a China que promocionar el cambio climático, con la esperanza de que Estados Unidos emule a Europa en general. Es decir, Estados Unidos debería deshacerse de sus plantas nucleares, detener la construcción hidroeléctrica, cerrar las plantas de carbón, eliminar el gas natural y centrarse en tecnologías “eólicas y solares” y otras tecnologías “verdes”.

Los objetivos de un proyecto tan vasto son múltiples. Beijing busca establecer el control sobre los puntos comerciales estratégicos del mundo. Presta promiscuamente a países con problemas de liquidez, con el objetivo de apalancarlos en “trampas de deuda”, ya que los préstamos no cobrados pueden ser reembolsados ​​mediante un control contractual cada vez mayor de China sobre la infraestructura de estos países.

China es esencialmente una nación monoracial, con un historial terrible de explotación de aquellos que considera inferiores racialmente, ya sean tibetanos o musulmanes uigures. No obstante, los chinos se suben estratégicamente a la industria racial estadounidense haciéndose los santos.

China alienta a las Naciones Unidas y a organizaciones internacionales como la Organización Mundial de la Salud a que dirijan sus megáfonos hacia los Estados Unidos y acusen a Estados Unidos por sus tensiones raciales.

Nada le gusta más a los chinos que ver las ciudades norteamericanas en medio de disturbios, incendios y saqueos, y al país condenado en los foros internacionales. Ellos creen que la élite estadounidense actual es diferente a la de quienes ganaron la Segunda Guerra Mundial o enviaron a un hombre al espacio.

En su desprecio, creen en cambio que los mejores y más brillantes estadounidenses se han vuelto ingenuos, flácidos, relativistas, globalistas, fácilmente culpables, ansiosos de arrepentimiento, decadentes, codiciosos y pueden continuar siendo, y haciendo todo eso. Por eso esperan el final de la presidencia de Donald Trump.

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